Antes de tener un perro, pregúntate esto
Antes de tener un perro, quizá hay algunas preguntas que deberíamos hacernos.
La idea de tener un perro es preciosa, imaginas los paseos juntos, jugar, salir de aventuras, dormir a su lado, llegar a casa y que alguien te reciba moviendo la cola porque, para él, tú eres la persona más importante del mundo.
Y sí, todo eso es maravilloso, pero hay una parte de tener un perro de la que quizá hablamos mucho menos, la que ocurre entre esos momentos bonitos.
Los madrugones, los días de lluvia, los pelos por todas partes, las visitas al veterinario, los gastos que no esperabas, los planes que tienes que organizar de otra manera, los días en los que estás cansado, no te apetece salir de casa y, aun así, hay alguien que depende de ti.
Y también están los días difíciles, los sustos, las enfermedades, los miedos, las etapas en las que no sabes muy bien qué hacer o esos momentos en los que necesitas tener mucha más paciencia de la que imaginabas.
Porque tener un perro no consiste solamente en quererlo, también significa estar dispuesto a conocerlo, entenderlo y acompañarlo durante toda su vida.
Y esto no lo decimos para convencerte de que no tengas un perro, todo lo contrario.
Después de compartir nuestra vida con Bobo y Manchis, sabemos que vivir con un perro puede ser una de las experiencias más bonitas que existen, pero también sabemos que es algo mucho más grande que tener compañía o sumar un animal a nuestra casa, es compartir tu vida con otra vida.
Por eso, si estás pensando en tener un perro, quizá antes de preguntarte qué raza te gusta, si vas a adoptarlo o dónde vas a buscarlo, merece la pena hacerte una pregunta mucho más importante:
¿Estoy preparado para compartir mi vida con un perro, de verdad?
No hay una respuesta perfecta, tampoco queremos darte una lista de cosas que deberías cumplir, solo queremos compartir contigo algunas de las cosas que nosotros hemos aprendido viviendo con ellos.
Porque quizá hacerse estas preguntas antes de que llegue un perro a casa pueda ayudarte a entender mejor lo que significa tenerlo y, sobre todo, a estar preparado para quererlo también en los días que no son tan bonitos.
¿Quieres un perro o quieres la idea de tener un perro?
Esta puede parecer una pregunta un poco extraña, pero creemos que merece la pena hacérsela, porque muchas veces, antes de tener un perro, imaginamos todo lo bonito que vamos a vivir con él.
Pensamos en los paseos, en jugar juntos, en llevárnoslo de viaje, en tener compañía en casa, en esas fotos preciosas tumbados en el sofá o en llegar después de un día complicado y encontrar una cola moviéndose de alegría porque hemos vuelto.
Y todo eso existe, pero un perro no es solamente esa parte de la historia.
También puede significar levantarte antes de lo que te gustaría porque necesita salir, mojarte bajo la lluvia porque él necesita su paseo, recoger pelos de todas partes, cambiar tus planes porque no puedes dejarlo solo tantas horas, buscar un lugar donde acepten perros cuando quieres irte de vacaciones, aprender a entender qué le pasa cuando algo no va bien.
Y luego están las pequeñas sorpresas que nadie te cuenta cuando imaginas tener un perro.
Los cachorros que hacen pis y caca donde no deberían, los mordiscos a todo lo que encuentran, los zapatos y calcetines que desaparecen, las cosas que aparecen destrozadas y esas trastadas que, aunque en el momento no tengan ninguna gracia, con los años acabas recordando con una sonrisa.
Porque un perro también es eso.
No se trata de pensar que todo van a ser sacrificios ni de asustar a quien esté pensando en tener uno, se trata de saber que la parte bonita y la parte complicada vienen juntas.
Quizá por eso la pregunta no debería ser solamente “¿quiero tener un perro?”, sino: ¿Quiero compartir mi vida con un perro, incluso cuando las cosas no sean como las había imaginado?
Porque cuando un perro llega a tu vida, no llega para cumplir el papel que tú habías imaginado para él, llega con su propio carácter, sus necesidades, sus miedos, sus manías y su manera de entender el mundo.
Y ahí empieza realmente la aventura.
Tu vida va a cambiar
Hay algo que quizá no te planteas del todo antes de tener un perro: tu vida va a cambiar, no significa que tengas que dejar de hacer las cosas que te gustan, simplemente, a partir de ese momento, ya no eres tú solo quien decide, hay otra vida que depende de ti.
Tus horarios empiezan a tener otro ritmo, quizá te levantas un poco antes para salir a pasear, aprendes a mirar el tiempo antes de salir de casa, si hace muchísimo calor, cambias la hora del paseo, si llueve, buscas la manera de salir igualmente, si tu perro está enfermo, tus planes pueden pasar a un segundo plano.
Y poco a poco empiezas a hacer cosas que antes ni siquiera pensabas.
Buscas restaurantes donde pueda entrar, miras alojamientos que acepten perros cuando organizas un viaje, piensas dónde puedes dejarlo si tienes que ausentarte, aprendes qué lugares le gustan, cuáles le incomodan y cuánto tiempo puede estar solo.
Incluso tus fines de semana cambian, quizá antes un sábado cualquiera significaba dormir hasta tarde y decidir sobre la marcha qué hacer, ahora puede empezar con un paseo temprano por el campo, una escapada a algún sitio donde pueda correr y olfatear o simplemente sentarte en un banco mientras él observa el mundo.
Y lo curioso es que, con el tiempo, muchas de esas cosas dejan de parecerte cambios y simplemente pasan a formar parte de tu vida.
Nosotros lo hemos aprendido especialmente con Manchis.
Hay días en los que nos levantamos muy temprano porque sabemos que es el mejor momento para salir, otros en los que hace demasiado calor y cambiamos completamente nuestros planes, hay lugares a los que vamos pensando en él y decisiones que tomamos teniendo en cuenta cómo se encuentra ese día, y no sentimos que estemos dejando de vivir, simplemente estamos viviendo de otra manera.
Porque tener un perro también puede hacer que descubras lugares, rutinas y momentos que quizá nunca habrías buscado por tu cuenta.
Pero hay algo que conviene tener presente: no todos los días vas a tener tiempo, ganas o energía.
Habrá días de trabajo, cansancio, lluvia, enfermedad o simplemente de esos en los que lo último que te apetece es levantarte del sofá, y aun así, él seguirá necesitando salir, comer, jugar, compañía o simplemente estar contigo. Ahí es donde entiendes que tener un perro no consiste únicamente en compartir los días buenos, consiste en hacerle un sitio dentro de todos los demás.
Y quizá eso sea una de las cosas más bonitas de convivir con ellos: que sin darte cuenta, empiezas a construir una vida en la que ya no piensas solamente en “qué quiero hacer yo”, sino también en “qué podemos hacer juntos”.
No todos los perros necesitan lo mismo
A veces hablamos de “tener un perro” como si todos fueran iguales, pero no lo son, y esto es algo que merece la pena pensar antes de que uno llegue a casa.
No necesita lo mismo un cachorro que un perro adulto, ni un perro mayor que uno joven, un perro tranquilo no tendrá las mismas necesidades que uno lleno de energía, y un perro que tiene miedo o necesita más espacio puede necesitar de nosotros algo muy diferente a un perro seguro de sí mismo.
También influye muchísimo la raza, hay perros que disfrutan haciendo kilómetros, aprendiendo cosas nuevas y teniendo constantemente algo que hacer, otros pueden estar perfectamente felices con paseos más tranquilos, juegos, olfatear y pasar buena parte del día descansando a nuestro lado.
Y luego está algo que a veces olvidamos: cada perro tiene su propia personalidad.
Puedes conocer perfectamente las características de una raza y, aun así, encontrarte con un perro que no encaja exactamente en el estereotipo que tenías en la cabeza, y eso es algo que hemos aprendido con Manchis. Es un Beagle, sí, y hay muchas cosas que asociamos a los Beagles que forman parte de su manera de ser: su nariz siempre trabajando, su curiosidad, esa capacidad de seguir un olor como si el resto del mundo dejara de existir…
Pero Manchis también es Manchis, tiene sus propios miedos, sus preferencias, sus momentos de energía y sus momentos de calma, hay cosas que le encantan y otras que no le gustan nada, y cuanto más tiempo llevas viviendo con él, más aprendes a reconocerlas.
Por eso, cuando pensamos en tener un perro, quizá no deberíamos preguntarnos solamente:
“¿Qué perro me gusta?”
También merece la pena preguntarse:
“¿Qué tipo de vida puedo ofrecerle?”
Porque quizá te encanta una determinada raza, pero tu día a día no encaja con sus necesidades, o quizá pensabas que querías un perro muy activo y descubres que tu forma de vivir funciona mucho mejor con uno más tranquilo. No hay un perro perfecto para todo el mundo, y tampoco hay una única forma correcta de convivir con un perro, lo importante es intentar que esa relación tenga sentido para los dos, porque al final no se trata solamente de elegir al perro que quieres tener.
Se trata de encontrar una forma de vida en la que los dos podáis estar bien.
Hay días maravillosos… y días que no lo son tanto
Si solo miramos las fotos de perros en Instagram, parece que vivir con uno es bastante sencillo, paseos bonitos, perros corriendo por el campo, siestas juntos, viajes, juegos, una cabeza apoyada en tus piernas, y sí, hay muchísimo de eso, pero también hay otra parte de la convivencia que no suele aparecer en las fotos.
Hay noches en las que te despiertas porque tu perro está mal, vómitos, diarreas o visitas al veterinario, sustos que hacen que el corazón se te pare durante unos segundos, heridas que requieren cuidados, momentos en los que aparece un miedo que no sabes cómo solucionar, etapas en las que tienes que aprender a tener paciencia porque las cosas no salen como esperabas.
Y también están las trastadas.
Porque si tienes un cachorro, quizá descubras que un zapato puede convertirse en un juguete maravilloso, que hacer pis en el lugar correcto requiere tiempo y que una casa puede ser mucho más interesante cuando hay un pequeño explorador dispuesto a investigar absolutamente todo.
Después crecen y las cosas cambian, pero eso no significa que desaparezcan los retos y las trastadas, puede haber comportamientos que no entiendes, situaciones que tienes que aprender a gestionar o momentos en los que simplemente te preguntas: “¿Y ahora qué hago?”
Y ahí es donde empiezas a descubrir algo importante, tu perro no necesita que seas perfecto, necesita que estés ahí, que tengas paciencia, que intentes entender qué le pasa, que busques ayuda cuando la necesites, que aprendas junto a él.
Nosotros hemos pasado por momentos así con Bobo y con Manchis, cada uno nos ha enseñado cosas diferentes y, seguramente, algunas de las cosas que más hemos aprendido con ellos han nacido precisamente de los momentos que no fueron fáciles.
Porque cuando Bobo se rompió el ligamento, por ejemplo, nuestra manera de entender muchas cosas relacionadas con su alimentación y sus cuidados cambió para siempre. Y con Manchis hemos aprendido a observar mucho más, a entender sus miedos, sus preferencias, cuándo necesita espacio y cuándo simplemente quiere un paseo tranquilo sentado en un banco.
No todo ha sido perfecto, pero ahí está precisamente una de las partes más bonitas de compartir la vida con un perro, que no estás viviendo con un animal que siempre hace lo que tú esperas, estás con un ser vivo que tiene su propia personalidad, que cambia, que envejece, que puede enfermar, que puede tener miedo y que también te puede sorprender cada día.
Y después de un día complicado, a veces ocurre algo tan sencillo como esto: se tumba a tu lado, te mira, suspira y se queda dormido y piensas:
“No cambiaría esto por nada.”
Porque los días difíciles forman parte de la historia y cuando de verdad compartes tu vida con un perro, no quieres solamente los días bonitos.
Quieres toda su historia.
También hay que pensar en el dinero
Hay una parte de tener un perro de la que quizá hablamos todavía menos que de los pelos, los madrugones o las trastadas: el dinero.
Porque cuando pensamos en tener un perro, muchas veces hacemos cuentas con lo más evidente, la comida, una cama, un collar, una correa, quizá algún juguete, pero un perro es mucho más que eso. Hay vacunas, revisiones, antiparasitarios, alimentación, productos de higiene, accesorios que tendrás que renovar y, por supuesto, visitas al veterinario cuando algo no va bien.
Y luego están los imprevistos.
Una enfermedad, una operación, una lesión, un tratamiento que necesita durante un tiempo, una prueba que no esperabas tener que hacer. No podemos saber qué va a necesitar nuestro perro a lo largo de toda su vida, y precisamente por eso creemos que es importante pensar en ello antes de que llegue a casa.
No se trata de tener un presupuesto perfecto ni de saber cuánto vas a gastar exactamente, se trata de preguntarte:
“Si algún día mi perro necesita algo que no tenía previsto, ¿podré hacerme cargo?”
Porque quizá hoy tu perro esté perfectamente sano y solo necesite su comida, sus paseos y sus cuidados habituales, pero los perros también envejecen y con los años pueden aparecer nuevas necesidades, más revisiones o tratamientos que antes no necesitaba.
Nosotros lo hemos vivido con Bobo y también hemos aprendido mucho con Manchis, hay gastos que forman parte del día a día y otros que aparecen de repente y que no puedes prever.
Y cuando quieres a tu perro, no estás pensando en si ese gasto estaba o no en tu presupuesto, estás pensando en cómo ayudarle.
Por eso, no necesitas ser rico para tener un perro, pero sí necesitas ser consciente de que estás asumiendo una responsabilidad económica que puede acompañarte durante muchos años.
Porque tener un perro no es solamente poder pagar lo que necesita hoy, también es estar preparado, dentro de tus posibilidades, para lo que pueda necesitar mañana y quizá esta sea otra de esas preguntas que merece la pena hacerse antes de que llegue a casa:
¿Estoy preparado para cuidar de él también cuando cuidar de él cueste más de lo que había imaginado?
¿Qué pasará cuando tu vida cambie?
Cuando decides tener un perro, estás pensando en tu vida tal y como es en ese momento.
Quizá tienes tiempo de sobra, trabajas desde casa, vives en un sitio donde puedes salir fácilmente a pasear, tienes unos horarios que te permiten estar mucho con él y te imaginas que las cosas seguirán así durante mucho tiempo, pero la vida cambia.
Puede que dentro de unos años cambies de trabajo, tengas que pasar más horas fuera de casa, te mudes, cambies de ciudad, empieces una relación, tengas hijos o simplemente tu vida tome un camino que hoy ni siquiera puedes imaginar y eso es algo que merece la pena pensar antes de tener un perro.
No porque puedas saber lo que va a ocurrir dentro de cinco o diez años, no podemos saberlo, sino porque, pase lo que pase, tu perro seguirá formando parte de tu vida.
Él no entiende que ahora trabajas más horas, no sabe que tus planes han cambiado, para él, tú sigues siendo su persona más importante, su familia, su lugar seguro y, en muchos sentidos, todo su mundo y eso significa que, cuando tu vida cambie, tendrás que buscar la manera de que él siga teniendo su lugar dentro de ella.
Quizá tengas que reorganizar tus horarios, buscar un sitio donde podáis vivir juntos, encontrar a alguien que pueda cuidarlo cuando tú no estés, adaptar tus vacaciones, cambiar algunas rutinas, no siempre será fácil, pero tampoco significa que tengas que vivir exactamente igual durante los próximos quince años.
Significa algo mucho más sencillo: que cuando tu vida cambie, él no debería convertirse en algo de lo que puedas prescindir.
Porque un perro siente, crea vínculos y depende de ti y para él, tú no eres simplemente la persona que le da de comer o le abre la puerta para salir, eres su familia.
Porque cuando incorporas un perro a tu vida, estás tomando una decisión pensando en muchos años y aunque no puedas prever cómo será tu futuro, sí puedes preguntarte algo antes de dar el paso:
“Si mi vida cambia, ¿seguiré queriendo encontrar la manera de que él forme parte de ella?”
Nosotros tampoco sabemos cómo será nuestra vida dentro de unos años, lo que sí sabemos es que cuando Bobo llegó a nuestra vida fue algo maravilloso, al principio fue un poco duro, porque aprender a convivir con un perro también requiere tiempo, paciencia y adaptación. Pero después ya no podíamos imaginar nuestra vida sin él.
Y ahora, con Manchis, todo es una nueva aventura.
Son dos etapas, dos perros y dos personalidades completamente diferentes, dos historias que no podíamos imaginar cuando empezaron.
Pero cuando construyes un vínculo tan fuerte, cuando llegas a conocer sus miradas, sus manías, sus miedos, sus alegrías y hasta esa manera tan suya de pedirte las cosas, resulta difícil imaginar que algún día puedas simplemente decidir que ya no forma parte de tu vida.
Porque deja de ser “tu perro” y se convierte en parte de ti.
Y quizá esa sea una de las cosas que más merece la pena pensar antes de tener uno: no puedes saber cómo será tu vida dentro de diez años, pero sí puedes preguntarte si, cuando llegue ese momento, seguirás buscando la manera de compartirla con él.
Quizá esta sea otra de las preguntas que merece la pena hacerse antes de tener un perro: ¿estás dispuesto a conocer a tu perro tal como es?
Porque cuando imaginamos que vamos a tener uno, es fácil construir en nuestra cabeza una historia sobre cómo será, quizá pensamos en un perro que nos acompañará a todas partes, que disfrutará de largos paseos, que jugará con otros perros, que será cariñoso con todo el mundo, que dormirá a nuestros pies y que encajará perfectamente en nuestra forma de vida.
Pero después llega él, y entonces descubres que no es exactamente como lo habías imaginado.
Cada perro tiene su propio carácter, sus miedos, sus manías, sus preferencias, sus cosas buenas y también aquellas que tendrás que aprender a gestionar.
Puede que no le guste algo que tú pensabas que le encantaría, puede que tenga miedo de determinadas situaciones, puede que necesite más espacio del que imaginabas, puede que sea mucho más tranquilo, más intenso, más independiente o más sensible de lo que esperabas y ahí empieza una parte muy importante de la convivencia.
Porque no elegimos completamente quién va a ser el perro que entra en nuestra vida, y tampoco podemos saber de antemano todo lo que vamos a vivir juntos.
Nosotros lo hemos aprendido con Manchis.
Cuando llegó a nuestra vida sabíamos que era un Beagle, podíamos imaginar algunas de las características de la raza, pero no podíamos saber cómo sería él.
No sabíamos que tendría determinados miedos, que habría cosas que le costaría gestionar, que necesitaría espacio para poder decidir, que habría días en los que preferiría un paseo tranquilo y otros en los que su nariz decidiría por dónde teníamos que ir, tampoco sabíamos todo lo que nos iba a enseñar.
Y eso es algo que ocurre con cualquier perro.
Puedes informarte sobre una raza, puedes hablar con personas que la conocen, puedes leer, preguntar y prepararte todo lo posible, pero al final, cuando ese perro llega a casa, empieza una historia que es solamente vuestra, ahí está una de las partes más bonitas de compartir la vida con ellos.
Dejar de intentar que sean el perro que imaginabas y empezar a descubrir quién es realmente.
Aprender a leer sus miradas, entender cuándo necesita espacio y cuándo busca compañía, descubrir qué le hace feliz, qué le preocupa, qué le gusta y qué no, también aceptar que quizá algunas cosas no sean como tú habías pensado.
Porque querer a un perro no significa querer solamente las partes de él que nos resultan cómodas, significa conocerlo de verdad, con sus virtudes, sus rarezas, sus miedos, sus manías y todo aquello que lo convierte en ese perro concreto que tienes delante.
Bobo y Manchis nos han enseñado algo que quizá no habríamos entendido de la misma manera si hubiéramos vivido solo una de esas historias: cada perro llega con su propia personalidad y cada vínculo que construyes con él es diferente.
No sabes de antemano todo lo que vais a vivir, no sabes qué momentos te harán reír, cuáles te pondrán a prueba o cuáles acabarán convirtiéndose en recuerdos que guardarás para siempre, precisamente por eso merece tanto la pena.
Porque quizá no se trata de encontrar al perro que encaje perfectamente en nuestra vida, el perro que llega a nuestra vida puede terminar enseñándonos una forma de vivir que ni siquiera sabíamos que necesitábamos.
Al principio puede que pienses que algunas de sus manías, sus miedos o su manera de hacer las cosas van a complicarte la vida, pero con el tiempo empiezas a conocerlo, a entenderlo y a descubrir que muchas de esas cosas forman parte de lo que hace que sea él y entonces ya no quieres cambiarlo para que encaje en tu vida, quieres aprender a compartirla con él.
Porque al final, tener un perro también significa estar dispuesto a conocerlo, entenderlo y construir juntos una vida en la que él pueda ser quien realmente es, por eso, antes de tener uno, quizá también merece la pena preguntarse:
“¿Estoy dispuesto a conocer al perro que llegue a mi vida, aunque no sea exactamente el que había imaginado?”
Mucho más que una mascota: el verdadero viaje de tener un perro
Un perro no es un complemento para tu vida, es una vida entera que entrelazas con la tuya.
Y después de todo esto, quizá haya algo que nosotros hemos aprendido con Bobo y Manchis, cuando llega un perro a tu vida, no simplemente añades un animal a tu rutina, cambias horarios, cambias planes, descubres lugares nuevos, aprendes a mirar el mundo de otra manera, aprendes a conocer a otro ser vivo, a entenderlo y a acompañarlo mientras él también va cambiando contigo.
Hay días fáciles y días complicados, momentos que habías imaginado y otros que jamás habrías podido imaginar, pero poco a poco, casi sin darte cuenta, ese perro deja de ser algo que has incorporado a tu vida y se convierte en parte de ella.
Porque al final:
“Un perro no es algo que incorporas a tu vida, es una vida que incorporas a la tuya.”
Así que quizá, antes de preguntarte qué raza quieres, cuánto cuesta o dónde puedes conseguir un perro, haya una pregunta mucho más importante:
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